Artículo de Ramón Ceballo

Al observar hoy los pronunciamientos de dirigentes que en el pasado se presentaron como fieles seguidores del doctor José Francisco Peña Gómez, resulta inevitable sentir impotencia y, sobre todo, vergüenza.
Vergüenza ante el intento de justificar acciones que son, en esencia, injustificables; vergüenza frente a discursos que traicionan los principios que dicen defender.
Durante años he sostenido que una parte importante de la clase política dominicana se cobijó bajo la sombra del peñagomismo sin comprenderlo ni practicarlo realmente, utilizándolo como una simple plataforma para obtener ventajas políticas y económicas.
Hoy, esa incoherencia se hace aún más evidente, cuando algunos de esos mismos actores actúan más como herederos de Guacanagarix que como defensores de la soberanía, la dignidad y la autodeterminación que Peña Gómez defendió sin ambigüedades.
Ante este escenario, he decidido volver a los hechos y a la historia, y revisar los pronunciamientos de Peña Gómez Durante la Guerra de Abril de 1965, Peña Gómez se convirtió en una de las voces más firmes y visibles de resistencia política y moral frente a la intervención estadounidense, que se produjo bajo el pretexto de evitar la expansión del comunismo en el Caribe.
Como portavoz del movimiento constitucionalista, denunció la invasión como una violación flagrante de la soberanía dominicana, señalando que ningún país tiene derecho a decidir el destino político de otro mediante la fuerza militar.
Además, cuando ocurrió la invasión soviética a Checoslovaquia en 1968. No por nostalgia, sino por coherencia.
En aquel momento, José Francisco Peña Gómez, una de las figuras más influyentes del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y del pensamiento progresista de la región, condenó de manera pública y categórica la intervención militar de la Unión Soviética, calificándola como un acto de imperialismo, una violación flagrante de la soberanía nacional y una negación del derecho de los pueblos a decidir su propio destino.
Peña Gómez fue claro y contundente, no existe justificación ideológica alguna para la ocupación militar de un país soberano. Afirmó, además, que el socialismo no puede imponerse por la fuerza sin traicionar sus propios principios. Para él, la liberación de los pueblos no podía construirse sobre tanques, ocupaciones ni imposiciones externas, sin importar el color político de quien las ejecutara.
Su postura no dejó espacio a ambigüedades. Rechazó tanto el imperialismo occidental como el imperialismo soviético, convencido de que ambos atentaban contra la libertad, la dignidad humana y el derecho a la autodeterminación. En tiempos en los que buena parte de la izquierda internacional optó por el silencio o la complacencia, escudándose en la disciplina ideológica, Peña Gómez decidió hablar con claridad, aun cuando ello implicara costos políticos.
Ese pronunciamiento tuvo un valor excepcional. Rompió con la lógica del doble rasero, denunció la injusticia sin importar su origen y colocó a Peña Gómez como un referente de una izquierda democrática, ética y profundamente coherente. Su pensamiento no se subordinó a bloques de poder ni a conveniencias geopolíticas, sino a principios universales: soberanía, libertad y respeto a los pueblos.
Hoy, cuando algunos pretenden justificar intervenciones, ocupaciones o atropellos en nombre de causas supuestamente superiores, conviene recordar esta lección histórica. El legado de José Francisco Peña Gómez nos interpela con fuerza, no hay causa justa que pueda sostenerse sobre la violación de la libertad de los pueblos. Callar frente a la arbitrariedad, aunque provenga “del lado correcto”, no es neutralidad; es complicidad.
Reivindicar a Peña Gómez no es repetir su nombre en discursos vacíos ni limitarse a conmemorar su natalicio o el aniversario de su muerte. Es, ante todo, asumir su coherencia moral como práctica cotidiana.
Significa actuar con firmeza frente a las injusticias, sostener principios aun cuando resulten incómodos y defender la democracia sin cálculos ni conveniencias. Peña Gómez fue coherencia entre palabra y acción; ese es el legado que interpela y obliga. Todo lo demás no es memoria histórica, sino oportunismo disfrazado de homenaje.
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