sábado, 28 de febrero de 2026

Los partidos políticos: origen de las organizaciones modernas (II)

 Artículo de Isidro Toro Pampols

 

 

Es común encontrar en los estudios de historia el vocablo partido de ahí que, para precisar su origen, debemos distinguir dos acepciones. Una concepción amplia nos dice que partido es cualquier grupo de personas unidas por un mismo interés y, en tal sentido, el origen de los partidos se remonta a los comienzos de la sociedad políticamente organizada. En Grecia encontramos grupos integrados para obtener fines políticos, mientras en Roma la historia de los hermanos Graco y la guerra civil entre Mario y Sila son ejemplos de este tipo de «partidos».

De otro lado, si admitimos la expresión partido político en su concepción restringida, que lo define como una agrupación con ánimo de permanencia temporal, que media entre los grupos de la sociedad y el Estado, participa en la lucha por el poder político, en la formación de la voluntad política del pueblo, principalmente a través de los procesos electorales, entonces encontraremos su origen en un pasado más reciente. En esta acepción, por tanto, el origen de los partidos políticos tiene que ver con el perfeccionamiento de los mecanismos de la democracia representativa, principalmente con la legislación parlamentaria o electoral y, en término general, los autores se muestran de acuerdo en el surgimiento de los mismos durante el último tercio del siglo XVIII o en la primera mitad del XIX en Inglaterra y los Estados Unidos de América.

Indiscutiblemente las categorías sociológicas no nacen por generación espontánea, de ahí que encontrar raíces de los partidos modernos en el siglo XVII, observar su evolución durante el XVIII y encontrar su organización muy parecida a nuestras formas contemporáneas a partir del XIX no debe llamarnos a sorpresa, especialmente después de las sucesivas reformas electorales y parlamentarias iniciadas en Gran Bretaña en 1832. Los partidos modernos, aunque son producto de la peculiar relación de los grupos políticos con el parlamento, fueron condicionados por los procesos de formación de los Estados nacionales y por los de modernización que ocurrieron en el mundo occidental durante los siglos XVIII y XIX. Así que, y es cosa poco dicha, los partidos políticos como los conocemos hoy nacen en la primera mitad del siglo XIX en el seno de las sociedades políticas occidentales, momento en el que se produce la progresiva consolidación del régimen liberal.

Con el triunfo del liberalismo, consecuencia de la Revolución francesa, gana la concepción de una sociedad civil escindida del Estado y, por consiguiente, se requieren unos instrumentos, en este caso los partidos políticos, de mediación entre la sociedad y el poder político.

La Revolución francesa dio como fruto el liberalismo, la Revolución Industrial al capitalismo y la clase obrera. Entre ambas revoluciones quebraron la sociedad tradicional o feudal y permitieron el paso a la sociedad industrial.

El mundo burgués, posterior a las revoluciones en Inglaterra y Francia, requería de formas de organización política que sustituyeran a las estamentales o corporativas por nuevos modos de asociación, dependientes de grupos políticos establecidos en el parlamento, con reglas claras para la circulación de la clase política. Estas reglas serían de carácter electoral y tendrían un sentido distinto al llamado mandato directo y en ocasiones vitalicio, de los representantes respecto de sus representados; tal mandato quedó sustituido por el representativo, con el cual el diputado ya no es considerado representante exclusivo de su distrito, sino de toda la nación, y deja de estar obligado a seguir ciegamente el mandato imperativo de sus electores, como nos señala el profesor de la Universidad Autónoma de México, Jaime F. Cárdenas Gracia.

Así la sociedad libre que surgió después de la quiebra de los estamentos y las corporaciones precisaban de organizaciones que fueran funcionales en el marco del nuevo orden establecido. De esta manera emerge la división entre la sociedad civil como ámbito de la libertad de la persona dotada de derechos inseparables y la sociedad política o Estado lo que exigía canales de comunicación que articularan intereses entre una y otra. Los cauces de intercambio fueron el parlamento, los partidos políticos y la opinión pública. Esta coyuntura no era nueva. Ya antes, en el ocaso de la Edad Media y los albores del Renacimiento, la sociedad civil había hecho su aparición para separar el poder político del poder eclesiástico. Vemos como la sociedad civil no es un concepto ni tan nuevo ni tan novedosos como quieren hacer ver los «descubridores del agua tibia», aunque sí bien importante en el desarrollo de la política deliberativa como eje central de la democracia participativa.

Durante el siglo XIX y a medida que crecía la influencia liberal en los estados europeos, la relación entre los ciudadanos con derecho al voto y los gobernantes era directa. No existían organizaciones intermedias que articularan una acción de seguimiento y de interconexión entre el ciudadano y el Estado. Por lo tanto, el control que los ciudadanos ejercían sobre sus mandatarios se agotaba en el momento electoral. Visto así, los partidos tenían poca importancia. La inexistencia del sufragio universal -existía el censatario-, donde sólo unos cuantos podían votar, hacia inoperante las organizaciones que articularan y aglutinaran intereses con fines político-electorales. El Estado liberal se caracterizaba por la contraposición tajante entre Estado y sociedad, por el individualismo y la atomización del poder, sobre todo por la idea hoy puesta de nuevo en circulación del Estado mínimo o gendarme, encargado de vigilar el respeto de las reglas del intercambio de la propiedad y de dotar de seguridad jurídica a tales intercambios.

En ese contexto nacieron los partidos políticos. Se trataban de asociaciones locales, sin reconocimiento o regulación legal, promovidas por candidatos al parlamento o por grupos de la burguesía que combatían a favor de la ampliación del sufragio o que, en ocasiones, representaban grupos de interés. Tales asociaciones contaban con un número restringido de personas y funcionaban casi exclusivamente durante los períodos electorales.

El partido era una simple maquinaria provisional, sin programa político alguno y sin disciplina u organización de carácter permanente. La ampliación del sufragio y los procesos democratizadores de finales del siglo XIX y principios del XX trajeron consigo a los partidos de masas y con ellos los procesos de su reconocimiento legal y constitucional.

En próximo articulo veremos el marco histórico del nacimiento de los partidos políticos modernos.


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