sábado, 7 de marzo de 2026

Los Partidos Políticos modernos: el triunfo del liberalismo y la democracia (III)

 Artículo de Isidro Toro Pampols

 


En la época en la que surgieron los partidos políticos modernos acaecieron hechos que no son para escribir cuentos de hadas, ya que los estamentos dominantes no aceptaban la realidad de buen agrado.

A lo largo del siglo XIX la revolución sacude a Europa en sucesivas oleadas.   Para 1848, bajo los estandartes del liberalismo y el nacionalismo, se reclama la democracia como sistema político; es lo que se conoce como la «Primavera de los Pueblos». La década del 1840-1850 marca un cambio profundo en el devenir del siglo XIX. La Europa que derrota a Napoleón en 1814 era mayoritariamente campesina. Sólo Inglaterra venía desarrollando la Revolución Industrial, proceso que se había iniciado a mediados del siglo XVIII. La investigación en ciencias aplicadas sirvió para adelantar una revolución tecnológica que llevaría a la Gran Bretaña a ser la nación más poderosa del mundo.

Francia, por su parte, descansaba de las guerras revolucionarias y napoleónicas. A partir de 1830 inicia el camino que ya Inglaterra había transitado con buen éxito. En Alemania el proceso fue aún más tardío. Para el año de 1840 se intensifica la producción de carbón, lo que indica la utilización del vapor en el proceso de producción. Bélgica, igualmente, se incorpora tarde al cambio y en otras partes de Europa son pocos los signos de avance industrial. Algunas ciudades italianas mantenían liderazgo en artesanía de metales preciosos, seda o la piel, pero enmarcados en viejos patrones de producción aún feudales.

El inicio del capitalismo en Europa fue desigual, bien por las divisiones políticas en las naciones o por complicados sistemas económicos basados en monopolios concentrados en manos de particulares, gremios o entidades de los estados. En otras partes de Europa la situación seguía anclada en el pasado. Los señores feudales españoles mantenían el sistema de arrendamiento de sus tierras. En Prusia se observaban tímidas manifestaciones de una agricultura moderna, pero en Europa Oriental y Rusia se mantenían prácticamente en el sistema feudal. Rusia era el mayor exportador de trigo de Europa, sobre la base de la miseria de su población. El sistema de la propiedad de la tierra era la principal característica que diferenciaba a la Europa Oriental de la Occidental.

Así, partiendo de este marco histórico los estudiosos definen cuatro etapas en el desarrollo de los partidos políticos. Veamos:

a. Primera etapa, Hostilidad u oposición generalizada del Estado al fenómeno partidista (1800-1830).

En los inicios del siglo XIX aún no se hace presente el proletariado como fuerza social cuantitativamente importante. El movimiento liberal es líder contra el absolutismo europeo. El liberalismo fue concebido como un orden de ideas que proclaman la libertad del individuo y la absoluta independencia del Estado, en su organización y funciones. El interés del individuo tiene preferencia frente a la colectividad, ante el grupo. Los liberales consideran que el poder debe ser dividido y distribuido entre varias instituciones independientes y soberanas. El liberalismo se ve favorecido, tanto en lo político como en lo económico, por la manifiesta decadencia de la aristocracia rural y por el desarrollo de la Revolución Industrial. Jeremy Bentham (1748-1832) expresó que la libertad del individuo sólo debe ser limitada por unos determinados derechos y deberes que el gobierno, constitucional y libremente aceptado por la mayoría de los ciudadanos, podían imponer a la sociedad en beneficio de sus componentes.

Pero en paralelo crecía el proletariado y tendía a agruparse en formas organizativas que les diesen fortaleza a sus peticiones de justicia social. Ya en agosto de 1819 los obreros de Manchester celebran una asamblea en que congregaron más de 50,000 hombres. El gobierno disolvió la concentración y prohibió todo derecho de asociación y las publicaciones obreras eran calificadas de sediciosas y confiscadas.

El proceso continúa y para 1824 se reconoce la libertad de asociación y coalición en Gran Bretaña. En 1829 nace el primer sindicato en Inglaterra. Es menester recordar que los sindicatos ingleses son de carácter reivindicativos buscando reformas dentro del sistema capitalista a diferencia de los franceses, alemanes y españoles los cuales, originalmente, intentaban cambiar el orden social existente.

b. Segunda etapa: El momento de la indiferencia del Estado frente a los partidos políticos (1831-1870)

El liberalismo es hijo tanto de la Revolución francesa como de la Revolución Industrial.  En torno al liberalismo se desarrollan los grandes movimientos sociales desde inicios del siglo XIX. El liberalismo copa la escena de la época, la acción y la reacción tiene que ver con esta idea. Su pensamiento brota de la filosofía del siglo XVIII, con la consigna de «Libertad, Igualdad y Fraternidad», del movimiento revolucionario francés. El «Tercer Estado»: la burguesía, lanzó este lema en los inicios del más grande movimiento de cambio social que ha marcado en forma definitiva a la humanidad, y se convirtió en frase definitoria del liberalismo en cuanto a contenido ideológico se refiere. La Revolución Industrial le ofreció su gran oportunidad de expandirse. La idea de libertad se la proporciona la Revolución francesa, la de progreso la Revolución Industrial. Libertad y progreso son las consignas sobre las cuales el hombre ha cabalgado desde el siglo XIX hasta hoy, confirmando la fe del hombre en el hombre.

En 1832, el Partido Liberal de la Gran Bretaña consiguió la aceptación por parte del Gobierno de la «Reform Act», donde se establece una serie de medidas liberalizadoras. Ya antes había logrado el liberalismo su primera victoria con la Revolución de Julio de 1830, en Francia.

En 1837 la Asociación de Trabajadores de Londres envió al Parlamento un documento que se conoce como la "Carta del Pueblo". La precitada «Carta» contenía seis demandas específicas, a saber: el sufragio para todos los varones mayores de veintiún años, el voto secreto, elecciones parlamentarias anuales, la abolición de los requisitos de propiedad para ser miembro del Parlamento, la asignación de un sueldo a los parlamentarios y distritos electorales equitativos. Cuando estas peticiones fueron rechazadas por la Cámara de los Comunes, la asociación lanzó una campaña nacional en apoyo de su programa y aproximadamente 1,250,000 personas firmaron una petición en la que reclamaban al Parlamento que la carta fuera sancionada como ley. Aunque la solicitud fue rechazada, no dejó de ser una manifestación de organización importante teniendo en cuenta la época en referencia.

Debemos tener presente que el liberalismo es radicalmente individualista. Defiende la dignidad y el valor de las personas y, por extensión, la de los pueblos. El individualismo nos lleva a la consecuencia lógica de la tolerancia frente al otro y el derecho a pensar según sus propias convicciones. Comunicarse sin trabas ni censuras, valorizando la libertad de opinión y la posibilidad de asociarse sin cortapisas, permitirían al individuo desarrollarse sin ataduras de influencias externas ni coartados por la fuerza de la clase social privilegiada, en este caso la aristocracia. El liberalismo se enfrentó a la tradición con la fuerza que le daba su convicción en la doctrina racionalista del progreso. El evangelio del liberalismo era la igualdad de oportunidades y el principio de igualdad ante la ley para todos los individuos. El liberalismo no cuestiona la idea monárquica, sino la fórmula absolutista y por ello reivindica una constitución escrita que limite la autoridad del soberano y cree contrapoderes eficaces. Todo este planteamiento está enmarcado en el estricto campo de la teoría. El liberalismo rechazaba el derecho del ciudadano a recibir ayuda del Estado cuando no pudiese atender por sí mismo sus necesidades y proporcionarse el sustento.

A pesar de haber ganado terreno el liberalismo aún no se siente plenamente fuerte. En paralelo nace una nueva clase social producto de la concentración de masas obreras en los arrabales de las ciudades: el proletariado. Su crecimiento se aceleraba por el desarrollo del ferrocarril, medio de transporte masivo de campesinos que huían de la miseria de los campos en búsqueda de un sueño que la mayoría de las veces se transformó en pesadilla. Con el proletariado nace el socialismo como ideología, en sus vertientes utópica y revolucionaria, al principio y luego, radical y socialdemócrata en la segunda mitad del siglo XIX.

A partir de 1848 la «revolución» se hace nuevamente presente siendo el proceso conocido históricamente como «La Primavera de los Pueblos»; que fue la insurgencia total de muchos pueblos de Europa: de París a Berlín, de Nápoles a Budapest, en todas las ciudades estallan casi al unísono violentas manifestaciones con más vigor que las sucedidas en las primeras décadas del siglo XIX. El absolutismo se ve desbordado por una exigencia de mayor democracia: París, Turín, Florencia, Viena, Roma, Venecia, Berlín, Munich, Budapest, Praga, son escenarios de desórdenes, insurrecciones y barricadas donde el pueblo exigía más libertad y justicia social.

Esta expresión popular dio sus frutos momentáneos. Este proceso revolucionario señala el fin del «sistema Mettermích», conformado por las monarquías europeas tras la derrota de Napoleón en Waterloo. Capituló el gobierno austríaco el 13 de marzo; en Hungría se obliga a promulgar una constitución; en Praga se acepta la Carta de Bohemia; en Nápoles, Florencia, Roma y Turín, los soberanos proclaman instituciones más democráticas; en Fráncfort se reúne un parlamento alemán bajo el signo del liberalismo. Pero en todo este rápido movimiento hay una constante: los revolucionarios socialistas y la burguesía liberal no se entienden; se dividen en cuanto llegan al poder; no se adapta la burguesía liberal a las ideas de justicia social y permite la reacción de los monarcas quienes, para 1849, inician la recuperación de los poderes perdidos. Pero la democracia, al igual que el liberalismo medio siglo antes, ya era una idea presente y, como el ave fénix, retornaría de sus cenizas.

Fue tiempo en que los partidos políticos fueron los articuladores de la relación entre la sociedad civil y el Estado durante el periodo revolucionario. En Francia se abrió el paso a la II República en 1848, fecha en que los partidos motorizaron el avance democrático mediante el cual, a partir de ese momento, nueve millones de personas podían decidir a diferencia de 250 mil que lo hacían durante el mandato de Luis Felipe. Centenares de periódicos circulaban y los franceses pensaron que toda clase de miseria y de pobreza desaparecerían. Soñaron que una nueva sociedad se había hecho presente y ésta brindaría a todos los ciudadanos felicidad y prosperidad. Aquí radicó el error.

En próximo articulo abordaremos el periodo que va desde 1870 hasta finales del siglo XX, tiempo en que se reconocen constitucionalmente los partidos políticos por los gobiernos democráticos.

  

vialternativard@gmail.com 
noticieroalternativo@gm
ail.com

No hay comentarios: